Orquesta Académica de Granada: juventud, divino tesoro

Posted on 28 ene, 2012 in Blog

 

Antonia María Mora Luna

 

Sábado, ocho y media de la tarde, auditorio Manuel de Falla. Es invierno en la ciudad. Quedan pocos minutos para que empiece el espectáculo, mientras tanto, entre un ir y venir de abrigos, las azafatas de sonrisa afectuosa acomodan al personal. De repente, treinta y cuatro músicos aparecen en escena.

En el programa se puede leer que interpretarán a Mozart y a Bethoven, Obertura de ‘Le Nozze di Figaro’. Concierto para piano y orquesta núm. 23 en La Mayor, K. 488 y Sinfonía núm. 4 en Sí bemol Mayor. Op. 60, para ser más concretos. Pero esperen, que yo sigo describiéndoles el espacio en que se ejecuta la acción: titilantes pajaritas negras, sandalias de tacón de las que podemos encontrar en templos menos los ortodoxos, calzadas por jovencitas de la misma edad vestían -¡y cómo!- la escena. Entre sus piernas, por poner algún ejemplo, una vibrante caja sonora o, lo que es lo mismo, infinitas horas de estudio sobre los hombros de estos jóvenes músicos. En esa sencillez brillaban más las pupilas entusiastas que los broches de circonitas encargadas de engalanar los vestidos largos de las muchachas.

A los que hablaban -porque ahora el discurso parece otro- de una juventud sin compromiso, ya sea político, estético o de cualquier otra índole, de una juventud despreocupada, perezosa, rendida a los caprichos del devenir que marca la sociedad actual, sin un ápice de reivindicación incluso, los hubiera llevado de la mano -gustosamente además- la tarde-noche del sábado veintiuno al auditorio mencionado.

Bajo la batuta de su director, Rafael Lamas -rescatado temporalmente para suerte nuestra del Fordham University at Lincoln Center de Nueva York- orquestaron con elegancia y armonía los nuevos miembros de la recién estrenada Orquesta Académica de Granada. Señoras y señores, aún hay esperanza; se lo dice esta joven que, aunque más versada en otras artes, se siente con la suficiente sensibilidad para percatarse de tal espectáculo.

Juventud, divino tesoro… que diría aquél; aunque hayan pasado de reclamarnos actividad, compromiso y predisposición a tenernos lástima. Ahora escuchamos eso de que todos nosotros formamos parte de una unidad mayor que lleva por nombre “generación perdida”; construcción que viene a caracterizarse por un futuro laboral complejo y por las pocas o ningunas oportunidades para el desarrollo profesional.

Cierto es eso de que crecimos en tiempo de bonanza -y no creo que tengamos que pedir perdón por ello, pues fueron los frutos que nos regalaron los que pelearon por una sociedad mejor- y también es cierto que nos acecha un porvenir no demasiado optimista, pero no sé si “generación perdida” sería el mejor término para definir a la generación que acaba de florecer, más bien deberíamos hablar de una generación de jóvenes enérgicos, vigorosos, como la que pudimos contemplar la noche del sábado. Generación que será capaz de sobrevivir ante los escasos medios y las condiciones adversas que se presenten, sobre todo si podemos contar con mentores de la talla del director artístico ya mencionado, un excelente José Luis de Miguel, profesor de piano en el Conservatorio ‘Victoria Eugenia’ y Miguel Ángel Rodríguez Pinto, director general de la fundación de la Escuela Superior de Comunicación y Empresa (ESCO), patrocinadora de la OAG para la difusión de la música clásica a nivel internacional.

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